Videoarte/ Performance

Extrañar el lugar, verlo por primera vez, como el niño de La piel del cielo de E. Poniatowska: Madre, ¿Allá se acaba el mundo? o el espacio de la duda de G. Perec: “Me gustaría que hubiera lugares estables, inmóviles, intangibles, arraigados; lugares que fueran referencias, puntos de partida, principios:… Tales lugares no existen, y como no existen el espacio se vuelve pregunta, deja de ser evidencia, …El espacio se deshace como la arena que se desliza entre los dedos. El tiempo se lo lleva y sólo me deja unos cuantos pedazos informes…”

No me deja indiferente la meta-escritura de Coetzee, esas reflexiones que como perlas se dejan caer de los personajes sin que éstos se den cuenta y comienzan a rodar, a solas, sin rumbo fijo. En su novela “Esperando a los bárbaros”, se pregunta sobre el origen de todo intento de creación: “ En cierto modo, sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero. Por otro lado, no me era posible dejar el farol después de haberlo cogido. El nudo se enreda en sí mismo; no puedo deshacerlo”

Coetzee escribió a finales de los setenta “En medio de ninguna parte”, un libro que me llevó a recordar hasta que punto tenía razón R. Arnheim, cuando afirmaba que el espacio no lo vemos, lo pensamos. La realidad, conformada en sucesivas capas de significados, siempre es dura, sin embargo, en los relatos se desprende y se ablanda para vagar sin rumbo, como los aluviones de los ríos transmutándose en ilusión.

Para Coetzee, Perec o Kawabata la verdad es puro movimiento. La experiencia de intentar atrapar la realidad siempre es múltiple, compleja, generosa y se expande hasta el infinito. Es un imposible llegar a conocerla plenamente pues al acercarnos la alteramos. Y al nombrar a las cosas seguimos relacionando, uniendo y fragmentando, en el lenguaje. A veces, sin embargo, demasiadas veces, la relación es una simple fantasmagoría conceptual “Es como querer cristalizar a las olas, …”,aunque… Hokusai lo hizo: ¡La maravillosa “Ola de Hokusai”! No querer detener el flujo de la realidad, sino comprender y comprendernos en él. Dejarnos arrastrar por el aluvión, trastocar el sentido, forjar una ilusión. Cualquier intento de comunicar algo en cualquier lenguaje, siempre supondrá una pérdida y un olvido de su locus- lugar original, pero eso no puede hacernos abandonar, creemos en lo que hacemos y creemos saber adónde vamos, aunque sólo sea una ilusión. María Zambrano en “Por qué se escribe”, lo expreso claramente: “Lo escrito es igualmente un instrumento para esta ansia incontenible de comunicar, de “publicar” el secreto encontrado, y lo que tiene de belleza formal no puede restarle su primer sentido; el de producir un efecto, el hacer que alguien se entere de algo”.